Enero 16, 2008...4:35 am

El caso del cese del capataz de Montesión

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El hecho de que el capataz de Montesión haya sido destituido por el sencillo hecho de permitir que dos mujeres ensayasen con la cuadrilla de costaleros no puede tomarse a la ligera, ni como una muestra de exageración sevillana de lo que no debería haber pasado de la categoría de anécdota. En consecuencia, no puedo estar en más desacuerdo con Carlos Colón, a quien aprecio mucho y leo habitualmente.

La igualdad entre los hombres y las mujeres se ha jugado en dos planos, que parecen tener relación y que muchas veces van por caminos diferentes. El primero es el de los textos legales y el segundo es el de las cosas cotidianas, el de la igualdad material. El un lugar común decir que las leyes van detrás de la sociedad y normalmente esto es verdadero menos cuando hablamos de los derechos fundamentales y las libertades públicas.

En el terreno de los derechos y las libertades los textos constitucionales y legales suelen abrir camino a la sociedad, propiciando cambios que no se darían con el amparo de normas permisivas u omisivas. La igualdad no es una cuestión de cosas más importantes y menos importantes. La igualdad debe tocar a todos los aspecto de nuestro ser humano y, por ello, debe alcanzar incluso a las hermandades de penitencia de Sevilla.

Recuerdo aún cuando se decía que una mujer que quisiera trabajar fuera de su casa era capricho y que eso no era igualdad; después se sostenía que el hecho que una mujer quisiera ingresar en la policía nada tenía que ver con la igualdad; mas recientemente que el Estado deba tener medios para atender a los niños y a los dependientes era independiente de la igualdad.

Y es que nada gusta más a los denegadores de los derechos que bonitas leyes con pulidas proclamaciones para que la realidad no cambie. Carlos Colón consideraba desmesurada la intervención del Instituto Andaluz de la Mujer en esta polémica. No puedo estar de acuerdo en que sea desmesurada porque se juega algo muy importante: la igualdad de las mujeres con los hombres en el ejercicio de su derecho a la libertad religiosa.

Habrá quien se quiera agarrar a que se trata de normas propias de la Iglesia. Nada más. La suprema norma jurídica de la Iglesia Católica es el Código de Derecho Canónico que dice, en su canon 208. Incluso, de haber privilegio o dispensa que no lo hay, tienen que ser interpretadas restrictivamente en virtud del canon 36.1 en cuanto lesionaría los derechos de los fieles.

La igualdad hay que ganarla en todas las facetas de la vida, y entre estas, las hermandades de nuestra tierra. Nada, ni humano ni divino, justifica la discriminación de las mujeres y decisiones injustificables como ésta lo que debe es incentivar el debate y animar la lucha por la igualdad en las cofradías.

A nadie le escandaliza que en las hermandades no haya igualdad. A nadie le llama la atención que haya hermanos de a pie, capiroteros o hermanos anónimos que nada tienen que decir, mientras que haya otros que parecen predestinados a la dirección de la corporación cofrade.

Mirar para otro lado, como ha hecho el Vicario, es sancionar este despropósito. Hay una asimetría de tratamiento con el caso de “San Esteban”. Las peleas y disputas entre costaleros y Junta de Gobierno son causas para mandar un interventor a la hermandad, en cambio, la discriminación de unas mujeres es causa de respaldo a la Junta de Gobierno de otra hermandad. ¿Es éste el aprecio a la dignidad humana del que habla la Iglesia?

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